No quedaban más encargos
para aquel día. Ese mes había termina
terminado cinco muñecas que ya se encontraban con vida y jugando en los parques
mezclándose con los demás niños, fingiendo ser infantes vivos igual que
aquellos a los que sustituían. La imagen era bastante triste para quien los
había creado, pero el trabajo no debía mezclarse con los sentimientos.
Se encontraba limpiando
el taller cuando su ayudante le llevo un poco de té. Aquel hombre era muy
delgado y pálido, algunos decían que en realidad era un muñeco o era un cadáver,
ninguna de las dos era acertadas. Frederick Yrel había sido un niño enfermizo
que se había pasado los días encerrado en una habitación con la sola compañía
de un doctor. Su madre fue la primera clienta de su maestro, quien conservaba
su mismo aspecto. Jonathan Therein tenía
un don y un secreto. El don era la capacidad de crear muñecos que cobraban vida
y eran completamente idénticos a los seres humanos. El secreto costaba de los
ingredientes a usar y de la magia que imbuía a tales muñecos. Su edad también
lo era, pues la teoría dice que el hombre arrastra más de 100 años a su
espalda, pero la vejez parece encontrarse aún muy lejana.
Yrel se unió a su maestro
cuando este hizo un muñeco exacto al joven niño enfermizo. La madre quedo tan
enamorada del resultado que olvido al infante abandonándolo a su suerte. Jonathan al ver el triste resultado de aquello
acogió al chico y le dio un trabajo, usando la magia para detener las
enfermedades que aquejaban al joven y que le daban un aspecto miserable. Éste,
adopto su apellido como nombre y decidió ser mayordomo y ayudante de quien
desde ese momento sería su señor, mentor, maestro y familia.
Yrel dejó el té sobre una
de las mesas y miró a Jonathan, sumergido en sus pensamientos mientras limpiaba
con determinación y demasiado interés un frasco que antaño había sido el hogar
de pensamientos abstractos.
-Señor, le he traído un té,
ya que no desea comer debería hidratarse.
-Eres muy atento Yrel.
¿Dónde se encuentra Leana?
-Ha ido al parque señor,
deseaba ver a los niños.
-No los llames así, - el
maestro dejó el frasco en su sitio y se giró, sus ojos mostraban un cansancio
acumulado inusual - sabes que no lo son.
-Para sus madres sí que
lo son. Para ellas, esos infantes lo son todo.
-Del mismo modo en que lo
fue para tu madre. Dime Yrel ¿cómo te sentiste? Te arrepientes de algo?
-Me siento agradecido
señor. Mi madre no era feliz, yo era un niño muy problemático, no le causaba
sonrisas, pero usted aceptó su trabajo y le dio aquel infante creado de arcilla
y magia para que ella pudiera disfrutar del niño que tanto amaba. No me arrepiento. Con usted he podido aprender
mucho, y mi madre tendrá una parte de mi dentro de aquel muñeco que me
sustituye y estará a su lado siendo un infante que la necesitará hasta que mi
madre deje este mundo.
-Es extraño como hay
tantas mujeres que desean tener bajo su protección a quien necesita de ellas.
-Lo que realmente hacéis
por ellas no tiene precio señor. Al final del día, cuando les presentáis a sus
nuevos hijos les estáis dando una nueva vida, una vida que han deseado durante
mucho tiempo.
Jonathan sabía que
aquello en parte era cierto. Pero también conocía las consecuencias, y si Yrel
las conociese no pensaría tan bien de aquel trabajo. Él mismo se encontraba en
contra de aquella practica, pero no estaba en sus manos dejar de trabajar.
Tomó un poco de té y se
despidió de su buen ayudante, fue a la única pared con cuadros de la sala, giró
el tercer cuatro y dejó al descubierto una pequeña ranura entre la piedra. Ahí
se encontraba aquella caja metálica. La cogió con suavidad y la abrió. Ahí dentro había un papel doblado, la única
palabra escrita era la que designaba el pueblo donde se encontraba.
Había recibido aquella
carta hacía mucho tiempo, quería decir que aquel debía ser su destino de
trabajo hasta que recibiera otra carta igual, con otro nombre. Sabía quién se las daba, y por ello, no podía
rechazar el trabajo. Pronto llegaría el final de su largo día.
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