Pronto conocería aquellas calles mejor que su propio hogar,
aunque no había llegado tal momento. Llegó ante una bifurcación y sacó una de
las cartas. Leyó durante unos largos segundos las palabras escritas en el sobre
y luego miró el mapa. Estaba en la correcta, el problema era la puerta. Solían
ir bien ordenadas, se comprendía que tras pasar por la primera uno se
encontraba con la tercera, ya que los números pares estaban en la otra acera.
Pero ahí había números y letras designando los hogares, lo peor de todo era que
el mapa no contemplaba aquella posibilidad. Aquello no había quien lo
entendiera y pese a ello, debía hacer llegar aquellas cartas en los buzones
adecuados.
Se lamentó pensando en que debía haberse hecho pastelero,
como su madre. Ahí simplemente seguías una receta, no había cabida al error.
Toda la información la tenías y solo requería que el trabajador pudiera leer y
manipular los ingredientes según las instrucciones. Otra opción había sido
unirse a la policía, con su padre. Pero su carácter afable no encajaba mucho
con el cuerpo.
Él había escogido esa profesión para ver mundo, conocer la
ciudad y gente nueva. Le habían dicho que funcionaba ya que se pasaba el día
fuera de casa y aquello le obligaba a comer en restaurantes o tomar el café en
algún bar. Aquella primera jornada
comprendió que no era tan sencillo.
Y ahí seguía, en aquella intersección sin tener muy claro si
debía ir a la derecha o a la izquierda, habría preguntado a alguien, pero en
aquel barrio parecían estar todos trabajando, ya que incluso había probado en
tres timbres y no había obtenido respuesta.
Sí quería entregar todas aquellas cartas más le valía darse
prisa. A la mañana siguiente le darían otro montón igual y era mejor que no se
acumularán. Tenía una gran responsabilidad, eran muchas las personas que
contaban con él. Temía fallar, extraviar alguno de aquellos mensajes, quizá
para muchos serían palabras sin importancia, pero los receptores seguramente
verían aquellas cartas de otro modo. No
deseaba ser el culpable de que dos amigos dejaran de hablarse porque creían haberse
olvidado el uno del otro, pero aquel sería el caso más optimista.
Cuando empezaba a desistir vio a una mujer mayor que paseaba
a su mascota, un perro bastante pequeño que le miró con desconfianza. Él sonrió
y miró las cartas de nuevo. Era una buena oportunidad que no iba a
desperdiciar, por lo que detuvo a la mujer siguiendo el protocolo para tratar
con ancianos y preguntó por la persona que debía estar esperando la carta que
tenía entre manos.
Su primer día terminó, exhausto y algo abatido se fue a
descansar pensando que en parte todos tenían razón, era un trabajo perfecto para
conocer gente, pero no era nada fácil ser cartero.
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