Los jueces habían dictado
sentencia. No había salvación, la muerte era la única salida al castigo. Miro a
su alrededor, en la celda no había mucho. Las cuatro paredes que le rodeaban y
una puerta que siempre estaba cerrada. No habían ventana, nada le conectaba con
el mundo exterior.
Estaba solo, pero sabía que no sería por mucho tiempo.
En esa celda por no haber, no habían ni ratas. Esos pequeños roedores que acompañaban a algunos, pero no se atrevían a entrar en esos módulos del edificio. Los guardias que ahí entraban eran mudos y sordos. Al menos no eran ciegos, aunque solo podían ver las paredes y las puertas, nunca tenían contacto visual con los prisioneros.
Solo habían dos soldados que tenían permiso de abrir las celdas y tenían las llaves de todas estas. Pero eran dos ogros, literalmente. Aquello era gracioso, porque todos aquellos que vivían fuera en libertad creían que los ogros ya no existían. Era una creencia de privilegiados.
Solo le restaba esperar a que los minutos pasaran lentamente, él y su mente, no había nadie más. Aquello estaba siendo su peor tortura, todos los recuerdos acudían para pedir atención inmediata y todo eran dolorosos.
Recordaba a su pequeña hija, tan solo tenía 6 años, y su dulce mujer. Ahora ellas dos debían vivir solar, vivir en ese mundo cruel. Temía por ellas, cualquier cosa les podía suceder.
Respiró con tranquilidad, respiró ese aire contaminado, ese aire encerrado que se quedaba en los pulmones tan solo para dañar el cuerpo, y los recuerdos siguieron atenazándole.
El día que lo separaron de su familia, el día que le robaron la libertad, el día que se equivocaron y condenaron a un inocente en lugar del culpable.
Una mujer llorando desconsoladamente a las puertas de la sala de juicios, no la dejaron entrar por estar demasiado nerviosa. Y la pequeña niña, con brillantes lagrimas en sus ojos. Las intentaba evitar pero con la voz temblorosa no dejaba de decir;
-Papa.. yo seré fuerte, cuidare de mamá, y te esperaremos.
Para ser una niña de 6 años había visto demasiado, había vivido demasiado en un mundo donde no podría ser nunca libre, donde no podría ser nunca una niña.
Pero ya era tarde. Aquella dulce niña debía ser una mujer, y la mujer una anciana. Los rostros que vagaban en su mente ya no existían y pronto él tampoco.
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