Ahí estaban, una madre desconsolada, una muñeca rota y un
hombre vestido con colores pasteles y un sombrero antiguo.
El taller estaría en silencio si no fuera por los
sollozos de la mujer, pero eso a él no le importaba. Su lugar de trabajo no
debería estar en silencio, siempre se oían relojes, engranajes, músicas
diseñadas para las muñecas, voces infantiles… centenares de ruidos que hacían
que el lugar nunca estuviera en silencio. Aquel momento era distinto, una madre
estaba lamentando una perdida, los demás ruidos parecían haberse interrumpido
para dejar que la mujer hiciera su luto en calma.
Cualquiera habría dejado que una madre llorará por la
criatura que consideraba su progenie, pero él no veía necesidad de ello, al fin
y al cabo estaba llorando por una muñeca. Él la había creado y no sentía
lastima por lo sucedido, sabía que podía repararla, o incluso crear otras.
Aunque aquella no fue la razón por la que interrumpió los llantos. Se estaban
desperdiciando ingredientes altamente útiles para su trabajo, y aquello no iba
a permitirlo.
Se acercó a la mujer con un frasco mirándola con
indiferencia.
-Si me permite... sus lágrimas son un gran material. Las
lágrimas de una madre son muy valoradas. Puedo hacerle una revisión a cambio.
La mujer no sabía cómo responder ante aquella situación,
miró a su pequeña niña, aquella muñeca que hacía tantos años había sustituido a
su hija. Asintió levemente, al menos ganaría algo. Él le acercó el frasco a las
mejillas recogiendo esos pequeños fragmentos de dolor.
La puerta del taller se abrió y entró una joven casi
perfecta. De piel blanca y cabello azabache, ojos verdes como esmeraldas y un
vestido digno de una princesa. Pero en su precioso rostro un gran parche
ocultaba su ojo derecho. Sé acercó donde la desvalida mujer aprovisionaba al
dueño del local.
-Maestro, ya he encontrado todos los ingredientes del
pago.
La mujer levantó la cabeza. Había dado los nombres pocas
horas antes, aquellos nombres marcaban a las personas que serían el pago. No tendría
remordimientos, aquellos sacrificios eran necesarios para su pequeña Miravelle,
si era necesario despojar a algunas personas de elementos tan básicos como
aquellos lo aceptaría, su niña lo merecía todo.
-Gracias Leana, nos pondremos a trabajar en cuanto la
señora Grace termine.
La joven asintió mirando a la mujer y fue a ordenador las
herramientas, mientras el maestro vigilaba su frasco de lágrimas de madre,
interesado por adquirir un material de tanta calidad. Cuando consideró que ya
tenía varias lo retiró, de todos modos la señora Grace ya no lloraba mucho a
causa de la llegada de Leana. Tapo del frasco con cera y luego fue al armario
de ingredientes especiales, lo tenía cerrado con un gran candado. Lo abrió con
delicadeza, como si aquella pieza de metal pudiera sentir solo de verdad. Al
abrir las puertas buscó el lugar adecuado para aquellas lagrimas.
Habían centenares de frascos. La señora Grace se fijo en
ellos y no pudo evitar acercarse, algunos brillaban, otros eran del color del océano,
otros parecían destilar rabia y odio. El maestro se dio cuenta de la curiosidad
de la mujer y se giró tras colocar el frasco que faltaba.
-Es una gran colección. Material de primera calidad,
lagrimas por amor, lagrimas de odio, de rabia, de frustración... cada gota
contiene un gran poder. Son elementos básicos para crear un corazón.
La mujer intentó articular alguna palabra, aunque
realmente no interesaba lo más mínimo lo que pudiera decir. El hombre cerró el
armario y luego aseguro el candado. Sonrió satisfecho y miró a su ayudante.
-Quería acompaña a la señora Grace a la salida y llama a
Yrel, tenemos trabajo.
Fue a ver los ingredientes. Estaban todos. Otra sonrisa
se dibujo en su rostro, una sonrisa cargada de ansias por empezar a trabajar
con aquellos ingredientes sin tener en cuenta las vidas que se habían perdido
para que él los tuviera.

maquinando vidas,buen relato
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