miércoles, 5 de agosto de 2015

La magia de los buenos ingredientes. La Ciudad de las Muñecas (parte 4)



Ataviado como si fuera un doctor, tumbó a Miravelle en la mesa e inspeccionó los daños de la caída. No solo debía reparar aquello, era necesario ver su interior, pues al caerse la magia había desaparecido y aquello significaba que había algún "roto" en el corazón de la joven.
El primer paso era desechar la pierna rota y sustituirla por una en buen estado, sería de yeso blanco y luego al pintaría para que tuviera la misma tonalidad que el resto del cuerpo. Aquel proceso sería el más simple, tener un molde adecuado avanza mucho trabajo, tan solo deberían esperar las horas del horno y durante aquellas podría revisar el interior. Para terminar aplicaría los ingredientes pedidos a la señora Grace, era el momento más complejo de la reparación ya que se realizaban los hechizos que darían de nuevo la vida a la pequeña.

Todo fue bien hasta dar con una pequeña fuga del corazón. Aquello le retraso varias horas, y se vio obligado a usar las lágrimas de la madre para solucionar el problema. Era una lástima usar un material recién adquirido pero el trabajo era importante.

Dejo la muñeca descansar un par de días antes de terminar la reparación, él también debía reposar, necesitaba tener todas sus fuerzas para la última fase de la reparación.

Llegado el momento cerraron la tienda, se iban a concentrar en el taller.  Estarían los dos ayudantes.

-Primero las lágrimas, mantenle los ojos abiertos, prepara un paño de lino. - Cogió el pequeño frasco con las lágrimas inocentes. - Son de un niño del pueblo vecino ¿verdad?

- Así es. La señora Grace escogió uno de edad similar a la de Miravelle.

-Espero que no te costará mucho cogerlas, aprovechémoslas al máximo.

Con cuidado hizo caer dos gotas en cada ojo. A los pocos segundos los ojos de Miravelle empezaron a llorar, era el efecto deseado. Secaron aquel llanto y luego cogió un pincel, era con tinta blanca, empezó a escribir las runas con sumo cuidado. Primero un ojo y luego otro, debían ser muy pequeñas y al terminar cada una debía sellarla pronunciando su significado.  Tan solo aquello le tomó cuatro horas.

La herida de un corazón lleno de amor iba a ser más difícil. Abrió de nuevo el compartimento del pecho y sacó el corazón de la muñeca con cuidado, lo metió dentro de una caja de cristal y fue a por el ingrediente. Se encontraba en una caja metálica, la abrió y vio aquella pequeña esfera de cristal llena de humo rojo. Era extraño ver las formas de esta clase de componentes, la magia permitía manipularlos y darles cierto cuerpo, aunque a veces el tamaño era un inconveniente.

-¿No podía ser una herida más grande?

- Es de su abuelo, el hombre no habría resistido una más grande.

-Entiendo.

Cogió la esfera mágica con unas pinzas de metal y la metió en la caja de cristal junto al corazón, luego con cuidado hizo un pequeño corte en la esfera con un bisturí hecho de diamante. Cerró bien la caja de cristal y con un punzón empezó a grabar las runas.

-Creo que con cinco horas bastará... trae la humanidad y abre la cabeza.

Cuando terminó de grabar las runas miró la peluca de la muñeca y la parte superior del cráneo. Había dejado al descubierto un entramado de cables que conectaban pequeños compartimentos que contenían humo o líquido de colores variados. Crear una mente humana era imposible, pero simularla con la magia estaba al alcance de todo el que tuviera los ingredientes necesarios.

En aquella mente infantil había inocencia, sonrisas, curiosidad...muchas cualidades positivas. Las madres querían que sus pequeños fueran perfectos y Miravelle lo era. Tras el accidente había decidido añadirle un poco más de humanidad, pues viendo las reacciones del accidente de otros niños estaba claro que aquellas criaturas artificiales necesitaban más cantidad de aquella cualidad.

Buscó el compartimento adecuado y lo relleno para luego colocarlo y conectar de nuevo los cables.


Hecho el trabajo duro fueron todos a descansar, a la mañana siguiente montarían y cerrarían la muñeca, se activaría a las pocas horas y la señora Grace volvería a tener su hija. Aquella era la rutina de aquel taller. Cada día se hacían niñas perfectas de cerámica y esencia de la vida, cada día más futuros infantes eran sustituidos por muñecos.

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