miércoles, 18 de noviembre de 2015

La Ciudad de las Muñecas. Fin

20 años después.

-Maestro, la señora Grace ha venido a buscar a su hija.

Hacía mucho que se había cansado de aquel trabajo, pero debía seguir hasta las últimas consecuencias, aquel había sido el trato.  Miró a Yrel, era un anciano, en cambio él no había cambiado absolutamente nada.  La bella Leana  tampoco, era una muñeca por lo que era natural no cambiar. Miravelle también era una muñeca, pero con el paso de sus años su madre la había llevado al taller para adaptar su aspecto al paso de los años. Así lo habían hecho todas las familias de aquel pueblo donde ya no quedaban niños.

La señora Grace había también envejecido, pero estaba llena de ansias por ver a su pequeña. Jonathan fue a recibirle en la tienda mientras su ayudante atendía a la joven Miravelle.

-Esta radiante esta mañana señora Grace.

-No digas tonterías, estoy vieja y arrugada, pero no me importa, he vivido mucho y he visto a mi pequeña crecer, eso es algo que un brujo como tú nunca entenderá.

-En cierto modo tiene razón, pero no se encuentra aquí para discutir tales detalles. Le presento de nuevo a su Miravelle, una joven que ya ha florecido.

La muñeca ya no era aquella niña torpe. Tenía en su interior multitud de magias que sustituían los pensamientos humanos, los sentimientos, las manís, la inteligencia...su aspecto tampoco era el de antaño.  Sus rizos dorados caían en cascada por su espalda, la señora Grace había pedido que tuviera el cabello más largo. Sus ojos eran de un azul intenso y su sonrisa tenía el color de las fresas.

Su cuerpo era el de una joven de 20 años, era perfecta y preciosa. Sus pasos eran elegantes y delicados al igual que la reverencia que hizo al ver a quien reconocía como madre. Al lado de la joven Yrel se veía más anciano de lo que era.

-Esto compensa todos los pagos.

Era lo que todas las madres decían cuando veían a sus "hijos" crecidos. Aquella tarde la señora Grace iría al parque con su joven y bella Miravelle para que todos pudieran verla. Jonathan también fue y le pareció un espectáculo desolado y deprimente.

Nadie jugaba, no habían infantes correteando de un lado a otro, tampoco habían risas, ni gritos. Se oía una frágil música de algún violín cercano mientras en un banco se encontraban las madres ancianas hablando de lo preciosas que eran sus hijas nacidas de la arcilla y la magia. En otro banco se encontraban ellas. Esas muñecas tan bien hechas con aspecto similar al de un humano. No tenían nada que decirse, tan solo estaban ahí esperando a poder atender a sus madres, a quienes habían dado tanto por tenerlas.

El paisaje era gris. No había vida en aquel parque y nunca más habría.

75 años más tarde.

El taller se encontraba vacío. Jonathan se encontraba en aquel parque donde ya no habían niños. A su lado tenía un maletín, en la carretera se encontraba el carro con un caballo y todas sus posesiones, las cuales eran pocas. No había podido reparar a Leana, le faltaban materiales por lo que debía dejarla ahí también, junto a las otras.

Yrel había fallecido años atrás, al igual que todos los que habían vivido en aquel pueblo. De ellos solo quedaban esas muñecas rotas que miraban al cielo sin poder moverse.

-La magia aun no es eterna, pero encontraré el modo algún día.

Subió a la carreta y abandonó aquel lugar donde antaño los infantes reían, gritaban, jugaban... donde ahora las muñecas rotas reposaban mirando el cielo en un absoluto silencio.


¿Qué habían hecho, las gentes de aquel lugar, para merecer desaparecer de aquel extraño modo? Era una pregunta que Jonathan tenía pero nunca formularía, pues él tan solo cumplía con el trabajo que había aceptado, y seguiría haciéndolo hasta el fin de los días.

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