20 años después.
-Maestro, la señora Grace
ha venido a buscar a su hija.
Hacía mucho que se había
cansado de aquel trabajo, pero debía seguir hasta las últimas consecuencias,
aquel había sido el trato. Miró a Yrel,
era un anciano, en cambio él no había cambiado absolutamente nada. La bella Leana tampoco, era una muñeca por lo que era
natural no cambiar. Miravelle también era una muñeca, pero con el paso de sus
años su madre la había llevado al taller para adaptar su aspecto al paso de los
años. Así lo habían hecho todas las familias de aquel pueblo donde ya no
quedaban niños.
La señora Grace había
también envejecido, pero estaba llena de ansias por ver a su pequeña. Jonathan
fue a recibirle en la tienda mientras su ayudante atendía a la joven Miravelle.
-Esta radiante esta
mañana señora Grace.
-No digas tonterías,
estoy vieja y arrugada, pero no me importa, he vivido mucho y he visto a mi
pequeña crecer, eso es algo que un brujo como tú nunca entenderá.
-En cierto modo tiene
razón, pero no se encuentra aquí para discutir tales detalles. Le presento de
nuevo a su Miravelle, una joven que ya ha florecido.
La muñeca ya no era
aquella niña torpe. Tenía en su interior multitud de magias que sustituían los
pensamientos humanos, los sentimientos, las manís, la inteligencia...su aspecto
tampoco era el de antaño. Sus rizos
dorados caían en cascada por su espalda, la señora Grace había pedido que
tuviera el cabello más largo. Sus ojos eran de un azul intenso y su sonrisa
tenía el color de las fresas.
Su cuerpo era el de una
joven de 20 años, era perfecta y preciosa. Sus pasos eran elegantes y delicados
al igual que la reverencia que hizo al ver a quien reconocía como madre. Al
lado de la joven Yrel se veía más anciano de lo que era.
-Esto compensa todos los
pagos.
Era lo que todas las
madres decían cuando veían a sus "hijos" crecidos. Aquella tarde la
señora Grace iría al parque con su joven y bella Miravelle para que todos
pudieran verla. Jonathan también fue y le pareció un espectáculo desolado y
deprimente.
Nadie jugaba, no habían
infantes correteando de un lado a otro, tampoco habían risas, ni gritos. Se oía
una frágil música de algún violín cercano mientras en un banco se encontraban
las madres ancianas hablando de lo preciosas que eran sus hijas nacidas de la
arcilla y la magia. En otro banco se encontraban ellas. Esas muñecas tan bien
hechas con aspecto similar al de un humano. No tenían nada que decirse, tan
solo estaban ahí esperando a poder atender a sus madres, a quienes habían dado
tanto por tenerlas.
El paisaje era gris. No
había vida en aquel parque y nunca más habría.
75 años más tarde.
El taller se encontraba vacío.
Jonathan se encontraba en aquel parque donde ya no habían niños. A su lado
tenía un maletín, en la carretera se encontraba el carro con un caballo y todas
sus posesiones, las cuales eran pocas. No había podido reparar a Leana, le
faltaban materiales por lo que debía dejarla ahí también, junto a las otras.
Yrel había fallecido años
atrás, al igual que todos los que habían vivido en aquel pueblo. De ellos solo
quedaban esas muñecas rotas que miraban al cielo sin poder moverse.
-La magia aun no es
eterna, pero encontraré el modo algún día.
Subió a la carreta y
abandonó aquel lugar donde antaño los infantes reían, gritaban, jugaban...
donde ahora las muñecas rotas reposaban mirando el cielo en un absoluto
silencio.
¿Qué habían hecho, las
gentes de aquel lugar, para merecer desaparecer de aquel extraño modo? Era una
pregunta que Jonathan tenía pero nunca formularía, pues él tan solo cumplía con
el trabajo que había aceptado, y seguiría haciéndolo hasta el fin de los días.

Y quedó en el olvido..
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