Las hadas buenas,
aquellas que supuestamente protegen la naturaleza, tienen poderes bien
variados. Algunas hacen crecer las flores y los árboles, otras dan color a los frutos, unas pocas vigilan que los
insectos no dañen las hojas de las plantas, y muchas otras se dedican al
cuidado de los humanos. Parece que olviden que toda vida debe terminar de una
única forma; con la muerte.
Ahí es donde entran las
hadas negras, y Gweskaine tenía muy clara su tarea y la razón del por qué sus
poderes eran de ese modo. Algunas lo consideraban una maldición, pero ella no
pensaba de aquel modo, simplemente era un modo de controlar la población del
mundo, así como el poder para evitar que la vegetación dominase cada
rincón. Su magia era sencilla, consistía
en el robo de la energía vital. Todo aquello que tocase con las manos desnudas
terminaría consumiéndose en pocos minutos hasta fallecer. Para la hada negra
era una sensación agradable, disfrutaba tocando una flor y que esta se
marchitará en sus manos convirtiéndose finalmente en polvo arrastrado por el
viento.
Las consecuencias de tan
notable magia era la necesidad de llevar las manos cubiertas con unos guantes
especiales, lo cual la hada aceptaba con gusto.
Pocos eran los que
conocían aquel poder, pues prácticamente todo aquel que lo veía era consumido antes de que pudiera
decir algo. Ellas eran muy cuidadosas en que no se corriera la voz. Si alguien
descubriese su poder, inmediatamente buscarían un modo de neutralizarlo.
Gweskaine tenía en cuenta aquel dato, el conocimiento sobre las hadas oscuras
era escaso y podía usarlo en su beneficio. Por ello en aquella ciudad, nadie supo que
ocurría cuando vieron que los árboles quedaban reducidos en polvo de la noche a
la mañana, tampoco encontraron explicación a la desaparición de algunos nobles,
solo podían atribuirlo a los típicos ladrones y asesinos. Aquello ayudaba a
crear el caos, pues muchos pensaban que aquello era una guerra de poder político.
A las pocas semanas, todos en la ciudad
desconfiaban de los demás. Los nobles no dejaban de mirar a sus espaldas,
temerosos de que alguien quisiera usurparles el poder que poseían. Los pobres,
sabían que eran soldados rasos en
aquella batalla y tenían asumido que muchos caerían, por ello los que podían
huían de la ciudad. Y tras las cortinas, Gweskaine se encontraba disfrutando
del espectáculo que había iniciado. Con
unas pocas muertes había sido suficiente para que en toda casa hubieran armas
preparadas, venenos escondidos y maquinaciones tras las puertas cerradas. Solo
debía esperar un poco más y aquellos humanos culminarían su tarea.

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