Era un
día de desastres. El pueblo estaba completamente en silencio, incluso la plaza,
la cual estaba lleno de niños. El causante de aquello era la pequeña Miravelle, quien
se había caído mientras jugaba. Todos los niños estaban a su alrededor, las
madres tras ellos observando en silencio el resultado de aquel horrible
golpe.
No había
lloros, no había dolor, no había sangre. Donde debería haber una niña estaba
ella, tan dulce como Miravelle, con sus
rizos dorados como el sol. Los oscuros ojos de la niña ahora parecían dos pozos
negros sin fondo ni vida, perdidos observando el cielo sin verlo. Su piel
era extremadamente blanca, perfecta, sin rastro de bello, sin cicatrices ni
marca alguna. Llevaba ese precioso vestido que le había comprado su
abuelo, el de los lazos amarillos, aquel con el que la niña conseguía contagiar
su alegría.
Parecía
extremadamente delicada, pero ya estaba rota. Ahí donde debería haber una niña
con una herida, había una muñeca rota.
Tras unos
largos minutos las madres parecieron despertar de un extraño sueño. Alarmadas
alejaron a sus hijos del lugar corriendo a sus casas, evitando preguntas que no
deseaban responder a pesar de conocer muy bien las respuestas. Todos en el
pueblo temían hablar de aquello, se sentían felices por tener lo que deseaban
pero no querían pensar en el coste.
La madre de Miravelle había
caído de rodillas al llegar a su lado, había colocado la cabeza de la muñeca en
su regazo y la acariciaba con el amor de una madre. Pensaba en
el día que la había recibido, había jurado protegerla y estaba fallando.
Levantó
la mirada y se encontró con él, con sus extravagantes ropajes y su elegancia
salida de cuento. Aquel hombre parecía aparecer siempre en el lugar
y el momento oportuno. No le molestaba, él podía darle lo que necesitaba.
-Ella...
solo jugaba con los demás niños... no pensó qué..
-No hay
niños en la ciudad.
Una realidad que pocos querían
aceptar, muchos eran incapaces de diferenciar entre los niños de verdad y los
creados. Era algo que no les molestaba, aquellos infantes eran perfectos a
pesar de no crecer.
-¿Se
puede arreglar?
-Por
supuesto, pero ya no será ella, y el precio es alto.
-No
importa, pagaré lo que sea… solo quiero volver a tener a mi pequeña.
-Llévala
al taller en dos horas. Deberás traer el pago con el mismo formato de siempre,
nosotros nos ocuparemos de los demás.
-Lo que
haga falta para mi hija. ¿Cuál es el pago?
-Lágrimas
inocentes, una herida de un corazón lleno de amor y humanidad.

Las heridas, las cicatrices….incluso las arrugas, me recuerdan que sigo viva y puedo continuar. Te puedes romper, pero los signos del paso del tiempo me recuerdan que sigo aquí y tengo la oportunidad de continuar. Sigo teniendo oportunidad de hacer cosas nuevas, aunque el coste de seguir adelante sea alto, Las cicatrices del alma quedan como recordatorio de que vivir lleva consigo un precio. Cada uno sabe que deberá pagar y cuál es su valor, el coste real que debe pagar por seguir adelante. Todos somos algo más que un juguete roto arreglado.
ResponderEliminarCada paso que damos tiene su coste pero también su recompensa.
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