miércoles, 6 de mayo de 2015

Rota. La Ciudad de las Muñecas (parte 2)






Era un día de desastres. El pueblo estaba completamente en silencio, incluso la plaza, la cual estaba lleno de niños. El causante de aquello era la pequeña Miravelle, quien se había caído mientras jugaba. Todos los niños estaban a su alrededor, las madres tras ellos observando en silencio el resultado de aquel horrible golpe.  
No había lloros, no había dolor, no había sangre. Donde debería haber una niña estaba ella, tan dulce como Miravelle, con sus rizos dorados como el sol. Los oscuros ojos de la niña ahora parecían dos pozos negros sin fondo ni vida, perdidos observando el cielo sin verlo.  Su piel era extremadamente blanca, perfecta, sin rastro de bello, sin cicatrices ni marca alguna.  Llevaba ese precioso vestido que le había comprado su abuelo, el de los lazos amarillos, aquel con el que la niña conseguía contagiar su alegría.  

Parecía extremadamente delicada, pero ya estaba rota. Ahí donde debería haber una niña con una herida, había una muñeca rota.  

Tras unos largos minutos las madres parecieron despertar de un extraño sueño. Alarmadas alejaron a sus hijos del lugar corriendo a sus casas, evitando preguntas que no deseaban responder a pesar de conocer muy bien las respuestas. Todos en el pueblo temían hablar de aquello, se sentían felices por tener lo que deseaban pero no querían pensar en el coste.

 La madre de Miravelle había caído de rodillas al llegar a su lado, había colocado la cabeza de la muñeca en su regazo y la acariciaba con el amor de una madre.  Pensaba en el día que la había recibido, había jurado protegerla y estaba fallando.

Levantó la mirada y se encontró con él, con sus extravagantes ropajes y su elegancia salida de cuento.   Aquel hombre parecía aparecer siempre en el lugar y el momento oportuno. No le molestaba, él podía darle lo que necesitaba.

-Ella... solo jugaba con los demás niños... no pensó qué..

-No hay niños en la ciudad.  

Una realidad que pocos querían aceptar, muchos eran incapaces de diferenciar entre los niños de verdad y los creados. Era algo que no les molestaba, aquellos infantes eran perfectos a pesar de no crecer.

-¿Se puede arreglar? 

-Por supuesto, pero ya no será ella, y el precio es alto. 

-No importa, pagaré lo que sea… solo quiero volver a tener a mi pequeña. 

-Llévala al taller en dos horas. Deberás traer el pago con el mismo formato de siempre, nosotros nos ocuparemos de los demás.

-Lo que haga falta para mi hija. ¿Cuál es el pago?  

-Lágrimas inocentes, una herida de un corazón lleno de amor y humanidad. 

2 comentarios:

  1. Las heridas, las cicatrices….incluso las arrugas, me recuerdan que sigo viva y puedo continuar. Te puedes romper, pero los signos del paso del tiempo me recuerdan que sigo aquí y tengo la oportunidad de continuar. Sigo teniendo oportunidad de hacer cosas nuevas, aunque el coste de seguir adelante sea alto, Las cicatrices del alma quedan como recordatorio de que vivir lleva consigo un precio. Cada uno sabe que deberá pagar y cuál es su valor, el coste real que debe pagar por seguir adelante. Todos somos algo más que un juguete roto arreglado.

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    1. Cada paso que damos tiene su coste pero también su recompensa.

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